La Revelación (Parte 2)
[Los tres cumstadísticos cruzaron la puerta al mismo tiempo, porque, al fin y al cabo, los 3 eran maricones. Al otro lado, una gran sala se extendía ante ellos: paredes blancas, estanterías de metal galvanizado repletas de cajas llenas de cintas de vídeo. Era, sin dudas, el archivo completo de todos los episodios de su sitcom.
—Eh, mirad, aquí está el episodio de Fonseca la Megapalmera —señaló J con emoción.
—J, ese episodio es bastante mid. Mucho mejor el del gambito pachamamesco, donde te gané al ajedrez —contraatacó C.
Sin prestarles demasiada atención, U vagaba por las estanterías mientras dejaba escapar un grito:
—¡Hostia, aquí está el episodio donde se introduce a Gurb! ¡Gurb! ¿Dónde estás? ¡Oh nooo! ¿Qué he hecho?
J y C se miraron incómodos. No sabían cómo explicarle a U que Gurb nunca existió, que solo era producto de su imaginación.
Para aliviar el ambiente, los tres decidieron explorar las backrooms del archivo. Allí había una puerta con un letrero intrigante: “Acceso al Überwelt”. Sin pensárselo dos veces, los cumstadísticos cruzaron el umbral.
De inmediato aparecieron en una habitación : una cama de matrimonio, un escritorio y una estantería con algunos enseres personales.
—Eh, J, parece que esta habitación es tuya —dijo U mientras se acercaba a la estantería y observaba una foto de J con varios amigos en una fiesta—. ¿Pero quiénes son los de la foto?
J estaba atónito. No reconocía a nadie en la imagen. Para colmo, al abrir un cajón del escritorio, descubrió que estaba lleno de pines de la UCO (Universidad de Córdoba). ¿Cómo era posible? La habitación claramente era suya, pero esos detalles eran un misterio para él.
No les dio tiempo a proseguir con la investigación. La puerta se abrió de golpe y apareció el Überwelt-J. Vestía un traje impecable con un pin de la UCO en la solapa y lucía una sonrisa de oreja a oreja. De fondo, como una banda sonora improvisada, sonaba “Push It to the Limit”. Sin reparos por la presencia de los tres cumstadísticos —como si fueran invisibles—, el Überwelt-J cruzó la habitación, abrió el cajón, reemplazó el pin de su traje por otro idéntico y salió con determinación.
—¿Qué chuchas acaba de pasar? —preguntó C.
—Guau, es como si no existiéramos. ¡Somos fantasmas! —reflexionó U.
—En verdad es buenísima idea tener un cajón lleno de pines. Me tengo que montar algo así yo también —agregó J.
Sin más dilación, decidieron seguir al Überwelt-J. Al salir de la habitación y entrar en el salón, el aroma a porro inundó sus sentidos.
—¡No me jodas! ¿Somos fantasmas pero podemos oler? —exclamó C.
El Überwelt-J parecía buscar algo frenéticamente por todo el piso. Finalmente se detuvo y tomó una colonia de Cars de la cocina. Se echó cinco ráfagas de ese exquisito elixir y se largó de la casa.
—Puede no gustaros, pero esto es la peak performance —decretó C.
Decidieron continuar siguiéndolo. El Überwelt-J llegó a una reunión, y para la sorpresa del trío fantasmagórico, estaba presidiéndola. Era nada menos que el presidente del consejo de estudiantes de la Escuela Politécnica Superior de Belmez. Con una seguridad arrolladora, lideró la sesión como el puto amo. Su propuesta de bono cultural fue un éxito abrumador, arrancando gritos de ovación.
- No veas J, parece que en esta dimensión realmente triunfaste. ¡Qué maravilla! —comentó U con admiración.
Pero la euforia no terminó ahí. Al concluir la reunión, toda persona presente —femenina y masculina— quedó rendida ante el carisma del Überwelt-J. Deseaban fervientemente que Jose les renovara el DNI Digital y le actualizara el Autofirma; sin embargo, una licencia artística los teletransportó abruptamente a otra ubicación.
—Eh, esta habitación sí la conocemos… ¡Es la parcela de U! —dijo C.
Era cierto: allí estaba el Überwelt-U, inmerso en la escritura con un Mac. En la pantalla podía leerse: “Quimeras de un Crimen, por Hugo N. R. Roldán”.
—¡Mamma U! —exclamó C—. ¡Mira esto! Aquí dice: “Dedicado a C”. ¡Me lo dedicaste a mí! —Buah, aquí hay dos libros más… Pero tengo la sensación de que nunca voy a leérmelos —dijo J con sorna.
El Überwelt-U interrumpió su escritura para sentarse al piano. Comenzó a tocar una melodía cargada de toques tenebrosos, como si fuera la banda sonora del mismo libro en el que trabajaba.
Los cumstadísticos observaban fascinados. Cada dimensión parecía guardar un misterio aún más enrevesado que el anterior…
En un abrir y cerrar de ojos, los tres cumstadísticos se encontraron en una habitación oscura, caótica. Cables cruzaban el suelo como enredaderas que llegaban hasta el escritorio, donde había dos monitores repletos de ventanas abiertas. El lugar desprendía una mezcla de soledad y rutina.
—Watafak… Esta habitación es la mía, 100% —dijo C con una mezcla de orgullo y resignación.
A través de las cortinas, se podía adivinar que eran las seis de la tarde, pero la oscuridad al otro lado era un recordatorio de que la noche ya se había asentado. Había un tupper olvidado en una esquina, y el desodorante sobre la mesa parecía indicar que aquí el tiempo fluía de manera extraña.
—¿Pero qué narices haces dejando esto aquí? —comentó U, señalando el desodorante—. Ahorrar tiempo está muy bien, pero esto es demasiado literal.
C iba a protestar cuando, de repente, los tres se sobresaltaron al escuchar el sonido de una puerta abriéndose. Entró el Überwelt-C, con una expresión de agotamiento absoluto en el rostro. Daba la sensación de que había perdido cualquier ápice de energía, cualquier chispa de vida. Sin siquiera notar la presencia de los demás, se desplomó sobre la cama, sacó el móvil y empezó a scrollear con desgana… hasta que, para su horror, los cumstadísticos le vieron empezar a hacerse una pajilla.
—¡Nooooo! ¡C, tío! ¡¿Qué haces?! —gritó J con una mezcla de asco y desesperación.
—Bro… qué bajo has caído —dijo U, tapándose los ojos y girándose.
El Überwelt-C, evidentemente ajeno a la situación, procedió como si estuviera atrapado en un bucle apático e inescapable. Al terminar, aparentemente sin rastro de vergüenza, se dirigió a la cocina y sacó un tupper con un huevo frito y restos de comida industrial de hace varios días. Se lo comió con desgana, ignorando el hecho de que ya comenzaba a oler mal, y, como si fuera el único final lógico para su día, se metió en la cama y se quedó profundamente dormido.
C estaba que no sabía cómo reaccionar. Por un lado, la escena era deprimente; por otro, no podía negar la verdad de lo que veía.
—Madre mía, qué vida más triste… Esto sí que es un bucle infinito —dijo con una voz apagada.
De repenten suena: —¡Follarme a tu madre sí que es un bucle infinito!
—Gu.. gu… ¿Gurb? —susurró J al escuchar una voz.
Entonces, de la oscuridad apareció Gurb, flotando de manera surreal. Parecía disfrutar del desorden tanto como parecía ajeno a la angustia que había provocado la deprimente rutina del Überwelt-C.
En ese momento, las luces de la habitación comienzan a parpadear. Gurb—ahora en su forma etérea y luminosa—mira a los tres cumstadísticos con solemnidad, flotando ligeramente por encima del suelo. El ambiente, cargado de electricidad, exige una decisión.
— Efectivamente chavales, soy Gurb. Como vivo en la imaginación de U gracias a la energía de la Pachamama puedo viajar entre dimensiones sin problema. He venido para avisaros de que no tenéis todo el tiempo del mundo. El portal de la sitcom se cerrará pronto, y tendréis que elegir entre quedaros aquí en el Überwelt o regresar a la sitcom. No es una decisión fácil, pero es vuestra —explicó Gurb con una voz que parecía resonar en toda la habitación.
U, siempre el reflexivo, se pasa las manos por la cara.
—La sitcom mola, claro que mola. Pero aquí… Aquí tenemos libertad, libre albedrío. Imaginad las posibilidades, seríamos dueños de nuestro destino. Sin guion —dice U con una mezcla de emoción e incertidumbre.
C, que hasta ese punto seguía en shock de haber presenciado su propia y deprimente rutina en el Überwelt, comienza a revolcarse entre los monitores.
—Libertad, sí… Pero habéis visto cómo vivo yo aquí. Un bucle infinito de pajillas y comida industrial. Mama mía, como decía mi abuela, “mejor malo conocido…”
—No seas cabrón, C. Si te sientes un asco, aquí puedes cambiarlo. En la sitcom todo está escrito, no puedes ni cagar sin seguir el guion —replica U, dando un manotazo en la mesa.
La habitación está en silencio por un momento. J, que había permanecido callado durante todo este debate, mirando al horizonte como si estuviera viendo todas las posibilidades ante él, da un paso adelante.
—Escuchadme. Puede que el Überwelt sea más “libre”, pero no os engañéis. Aquí hay más incertidumbre que certezas. ¿Realmente queremos esa carga? En la sitcom siempre supe qué esperar, siempre supe que estábais ahí. Aquí, en el Überwelt… no sé ni lo que soy sin vosotros.
C y U intercambian una mirada. Por un momento, todo encaja.
—Pero… Si elegimos la sitcom, nunca más tendréis que aguantar un bucle triste en esta habitación —dice J señalando el desorden a su alrededor—. Aquí, con todo lo asqueroso que pueda parecer, sí somos nosotros mismos. C, puedes arreglar esto. U, puedes escribir lo que quieras. Y yo… quien sabe qué versión de mí pueda llegar a ser.
Gurb da una última carcajada suave antes de asentir, como si J hubiera cazado el “plot twist” de toda esta aventura.
—Ahora veo que empiezas a entenderlo, J. No hay decisión perfecta, pero la que toméis será vuestra —dice antes de flotar hacia la puerta, esperando el momento final.
—Vale. He tomado una decisión —dice J finalmente—. Me quedo en sitcom, chavales, pero tengo una condición: no seguimos siendo los mismos que éramos antes. Cambiamos cosas. Aprendamos dentro del bucle y demos giros de guión inesperados. No quiero que esto se convierta en una rutina predecible. Quiero que sea una aventura, una montaña rusa de mierda y risas pero sin perdida de esencia. ¿Qué decís?
C y U estallan en carcajadas.
—Ahí va el cabrón, siempre cerrando con arte. Que viva Cumstat en cualquier dimensión
