C en la ciudad del pecado
Un día en la vida de J
J, en un arranque de generosidad que todavía investiga la Guardia Civil, invitó al cusalónido a Belmez. Como Cusa no tenía nada especialmente interesante que hacer (aparte de hincharse a torrijas) aceptó con el clásico sticker de “okei”.

El Jose le dijo a Cusa que estuviera a las 8:30 en el Rectorado. DOS (2) veces. Pero el cusalillo que es más cabezón que un melón, no se enteró y se plantó allí a las 8:00, al que madruga Dios le ayuda supongo.
Indirectamente hizo un servicio a la comunidad, porque solo gracias a su llamada de coordinación, J se levantó de la cama. El trolaco llegó a las 6AM de Zaragoza y aprovechó esas 2 horas para dormir un poco.
Llegamos a Belmez y el josumatorio me suelta que tiene clase. Que si quiero ir. Cusa, en su tónica de darle “okei” a todo, le da okei.
La clase no estaba mal, aunque se la sudaba a todo el mundo con la fuerza de un pantano desembalsando. Los únicos que atendimos fuimos yo —alumno modélico, príncipe de la virtud— y Óscar, un personaje del que ya nos había hablado J. Yo no me imaginaba que estuviese tan reventado de la vida: le faltaban piezas dentales, olía a tabaco y parecía haber tirado la toalla en todo menos en perseguir su sueño de ser universitario. Vamos, un GANADOR con todas las letras.
Por lo menos aprendí algo: ya sé pasar de latitud y longitud a coordenadas cartesianas en un mapa de España. Toma ya. De Belmez al cielo, del abismo a cartesianas.
La clase fue más larga que un día sin pan y más densa que las lentejas del cusa. Empezaba a las 10, eran como tres horas de presentación y luego había una práctica/ejercicio. A mi juicio, con 45 minutos de lectura y 1,25 horas de ejercicio aquello iba más que servido, pero la universidad pública tiene esa manía tan suya de confundir duración con profundidad.
El ejercicio era después de comer. Yo hice pellas. Si me quedaba un poco más me convertiría en Don Gerhard Mercator, cartógrafo y comerciante ilustre e hijo pródigo de Duisburg (/content/tags/duisburg). No, gracias. Prefiero ser un cusalillo feliz que un cartógrafo amargado.
La comida
En principio íbamos a ir al Gran Bar, templo ya conocido por los cumstadísticos, santuario de fritanga y redención, pero el único compañero de carrera de J persuadió al josecillo para ir al Asador Restaurante Crespo.
Escúchame: no he visto un camarero con más parsimonia en mi vida. Aquel hombre no trabajaba, simplemente vivía el momento al máximo sin hacer absolutamente nada. No nos trajo las bebidas a la mesa, nos puso unos vasos con tanta cal que les echabas agua y se convertían en leche de la COVAP, y encima tuvimos que ir nosotros a pedir la carta. Faltó que nos dijera dónde estaba la cocina para hacernos el solomillo nosotros mismos.
Yo pedí solomillo de cerdo a las brasas y estaba muy bueno, las cosas como son. Jose pidió carrillada y no estaba muy allá. Correcta, pero sablada.
La verdad es que el sitio me decepcionó. Me da mucho coraje la típica parsimonia del camarero cordobés: esa mezcla entre “ahora voy”, “no tengo prisa” y “si te mueres, te cobro igualmente”.
“El que espera desespera, pero el camarero de Córdoba ni se entera”, Rosalía de los Gazules.
La siesta
Como ya avancé me dio pereza quedarme a la práctica y me volví a casa, donde me recibió el alemán psicópata. Estuve hablando un ratillo con él en alemán y me sorprendió que al psicópata le costara tanto hablar en alemán. El hombre me lo agradeció, porque en Belmez no tiene nadie con quien practicar. Normal: en Belmez lo internacional se basa en ser panchito o moro: el sota, caballo y rey.
Luego me puse a escribir durante el resto de la tarde, porque tengo el examen del C1 en una semana.
Solo interrumpí mi descanso con vídeos de Agarthan Math, porque uno no puede regenerar el alma sin matemáticas subterráneas y esquizofrenia pitagórica.
La tarde
Cuando Jose volvió, sobre las 6, decidimos ir al centro neurálgico del ocio belmezano: el Bar Plaza. Allí me pedí la cerveza más pequeña que me han puesto nunca: 200 mL. Eso no era una cerveza, era una muestra gratuita. Un chupito con espuma. Una caña de Playmobil.
En cualquier caso, el enclave cumplía su función antropológica: mirar pasar la vida mientras el pueblo entero parece suspendido entre 1987 y un single de Camela.
La mejor lasaña de todos los tiempos
Por fin llegó el momento que todo el mundo estaba esperando: probar la famosa lasaña del alemán psicópata.
Yo ayudé rallando tres zanahorias, aunque lo hice al revés y tardé un montón. Una actuación lamentable, impropia de un hombre alfabetizado. Ahí comprendí que mi destino no está en la cocina sino en la crítica destructiva.
La lasaña estaba realmente muy buena. Tener obesidad mórbida definitivamente te sube las skills culinarias. Hay gente que aprende en Le Cordon Bleu; otros aprenden porque su cuerpo les exige excelencia en cada capa de bechamel. En cualquier caso, el fanegas le sabe a la cocina. Mazazo.
La peli: El Graduado
Después de cenar vimos la película para la que Cusa tanta expectación había creado: El Graduado. No me voy a exceder aquí porque hice review, pero adelanto que Jose se ardió de sobremanera.
Un nuevo día
Nos levantamos, fuimos a comer churros y J me acompañó a la parada del autobús a Córdoba.
The dream is over.
Belmez quedaba atrás, como quedan atrás los amores de verano, las prácticas de topografía y las promesas de “mañana estudio”. Cusa partía de la ciudad del pecado con el estómago lleno, el alma confusa y una ligera sospecha de haber vivido una experiencia surrealista en las profundidades del Valle del Guadiato.
Conclusión
Me encuentro ahora mismo en el autobús a Córdoba escribiendo esto, que es como se escriben las grandes crónicas: con sueño, con traqueteo y con dos señoras hablando de sus nietos.
Me sorprendió mucho que J, llevando más de tres años en Belmez, tratara de pagar en todos sitios con tarjeta. Creo que de las cuatro o cinco veces que lo intentó, no pudo pagar nunca: o tenían datáfono pero no iba la conexión, o Cusa era más rápido, o directamente no tenían.
En cada interacción J perdía aura a ojos vista, mientras C pagaba en efectivo diciendo:
“Esto no falla.”
Y claro, ahí no hay debate posible. Me duele decirlo, pero aquí J quedó muy nerdi. No se puede ir sin efectivo por Belmez, trol. Eso es como ir a una comunión sin hambre o a ver Valquiria sin el DNI electrónico.
No lo mencioné antes, pero las patatas Moyano parece ser que vienen de Ucrania. Pedimos dos bolsas y nos costó la friolera de 5 euros. Cinco euros. Por patatas. Ni que las hubiera pelado Zelenski con lágrimas de cosaco.
Además, le cambiaron la puta receta a las patatas de ajo. Ya no saben a nada. Otra tradición que muere, otro pilar de España que se derrumba, otra prueba de que el progreso consiste en empeorar lo que ya funcionaba.
En resumen: Belmez nos recibió, nos alimentó, nos cobró en efectivo y nos devolvió cambiados. J perdió aura, C ganó narrativa, el alemán psicópata cocinó y las patatas Moyano confirmaron que el pasado SÍ fue mejor.








































































































































































































































































































